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Nahumita

El Cristo de La Vendee

A finales del siglo XVII corrían años difíciles para Europa. En la Francia revolucionaria y más concretamente en la castigada y martirizada región de la Vendée, existía un pequeño pueblo donde los republicanos se prodigaron en su brutalidad. Consecuencia de los desmanes que allí se cometieron fue, como pasa en todas las guerras, el sufrimiento de los inocentes, la destrucción de sus hogares, calles y monumentos. Evidentemente, quienes más sufrieron tanto dolor, fueron los niños.

 Entre los monumentos de aquella villa, se encontraba una hermosa capilla del siglo XII, en su interior guardaba un Crucifijo a tamaño natural, realizado en madera y terminado en el siglo XV. En agosto de 1793, una columna de revolucionarios cayó sobre ella llegando a prender fuego en la misma y posteriormente al pueblo entero.

Cuando la columna marchó, todo el pueblo, incluyendo mujeres y niños, intentó salvar aquel legado de sus antepasados, pero sus esfuerzos fueron inútiles e igual que sus hogares, el edificio fue destruido pasto de las llamas. Entre lo poco que salvaron se encontraba el crucifijo, y aun este, al ser de madera, con las manos y los pies devorados por el fuego.  

Los niños y los adultos aprendieron a colaborar y a ayudarse en aquel clima adverso que les había tocado vivir, como jamás antes lo habían hecho. El sufrimiento fue forjando en ellos un intenso espíritu solidario. Pasado como jinete del Apocalipsis el vendaval de la guerra y de la revolución, los supervivientes empezaron a reconstruir sus hogares.

Primero levantaron las casas, después limpiaron los campos y empezaron a trabajarlos. Reconstruyeron su ayuntamiento, repararon sus calles y terminadas las mismas, decidieron reconstruir la iglesia de su villa. Avanzada la reconstrucción de la parroquia, se percataron del mal estado que presentaba el Crucifijo y se les ocurrieron dos opciones para solucionar el problema, o bien realizaban uno nuevo, o bien, reparaban las manos y los pies del mismo.

Cuanto más enconada era la discusión, aparecieron los chavales del pueblo y rogaron a sus padres que dejaran aquel Crucifijo como estaba, que así serviría para recordar lo que había pasado. Decían que cada vez que lo veían, recordaban a aquellos seres queridos que ya no se encontraban entre ellos. Ni que decir tiene que los adultos aceptaron la sugerencia de sus muchachos y volvieron a poner el Crucifijo en su sitio… sin sus manos ni sus pies.   

Pasado algún tiempo y ya terminada la reconstrucción del templo, aquellos muchachos dejaron una nota allí donde tiempo atrás estuvieron los pies del Crucifijo. En esa nota que aun hoy nadie se ha atrevido a retirar, habían escrito una corta y sencilla frase que a todos abrió el corazón:

  NOSOTROS SEREMOS TUS MANOS Y TUS PIES

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